Las intensas lluvias que afectaron al Litoral ecuatoriano el pasado 19 de octubre mantienen en alerta a las autoridades meteorológicas. El Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inamhi) registró precipitaciones fuertes, tormentas eléctricas y ráfagas de viento asociadas a la dinámica atmosférica actual. Sin embargo, los especialistas advierten que el panorama es aún más complejo, pues estos eventos están siendo impulsados por el fenómeno de El Niño, que apenas se encuentra en sus fases iniciales de desarrollo.
María del Pilar Cornejo, oceanógrafa y exsecretaria de Gestión de Riesgos, presentó proyecciones preocupantes durante un foro técnico organizado por la Asociación Ecuatoriana de Ingeniería Sanitaria y Ambiental. Sus análisis indican una probabilidad cercana al 100% de que El Niño se mantenga entre febrero y abril de 2027, período en el cual se espera su mayor intensidad. El Comité Nacional para el Estudio Regional del Fenómeno El Niño (Erfen) ya había confirmado en su boletín oficial número 21 que el evento se fortalecerá durante el último trimestre de 2026.
Lo más preocupante, según Cornejo, es el calor acumulado en las capas profundas del océano Pacífico. Las mediciones revelan anomalías de temperatura superiores a 8°C en los primeros 80 metros de profundidad, muy por debajo de la superficie. Esta inercia térmica podría prolongar los efectos del calentamiento oceánico incluso después de que disminuyan los factores que impulsan el fenómeno, extendiendo los riesgos climáticos más allá de lo que típicamente se espera de un evento de El Niño convencional.
La especialista también advirtió sobre la posibilidad de que, tras finalizar El Niño, se presente un episodio de La Niña caracterizado por enfriamiento anómalo de aguas superficiales. Antecedentes históricos de 1986-1987 y 1997-1998 ilustran los riesgos severos para sectores económicos sensibles, particularmente la industria camaronera ecuatoriana, que ha sufrido pérdidas significativas en eventos similares anteriores.
El impacto en infraestructura es inmediato y devastating. Los deslizamientos e inundaciones han interrumpido las rutas de conectividad entre la Sierra y la Costa, provocando desabastecimiento de productos agrícolas y aumentos considerables en precios. En Guayaquil, la situación es crítica: la ciudad requiere una producción diaria de 1 millón de metros cúbicos de agua para abastecer a la población, pero enfrenta serios peligros por contaminación en la cuenca del río Daule.
El gerente de la Empresa Pública Municipal de Agua Potable y Alcantarillado de Guayaquil (Emapag), David Ortiz Luzuriaga, destacó que se han identificado 103 puntos de alta vulnerabilidad a inundaciones en la capital portuaria. Aproximadamente la mitad de estos puntos responden a factores relacionados con mareas, mientras que la otra mitad se debe a acumulación de basura en sumideros y canales, evidenciando deficiencias estructurales agravadas por falta de corresponsabilidad ciudadana.
Ante esta debilidad institucional, académicos y organismos técnicos instan a la ciudadanía a exigir que las autoridades incorporen compromisos concretos de prevención y mitigación dentro de sus Planes de Desarrollo y Ordenamiento Territorial. Los expertos advierten que las consecuencias más severas suelen manifestarse cuando las precipitaciones ceden, debido al empozamiento de agua y colapso de redes sanitarias, requiriendo acciones preventivas inmediatas a nivel nacional.
