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Actualidad18 de octubre de 2026 a las 2:39 a. m.

Canchimalero se hunde: el pueblo afroecuatoriano que el mar

En Esmeraldas, la erosión costera y el aumento del nivel del mar ponen en riesgo a una comunidad ancestral que vive de la pesca.

Canchimalero se hunde: el pueblo afroecuatoriano que el mar

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Canchimalero es una pequeña comunidad ubicada en la Reserva Ecológica Manglares Cayapas-Mataje, en el norte de Esmeraldas. Durante generaciones, sus aproximadamente 100 familias han vivido en armonía con el océano Pacífico, construyendo su economía, gastronomía y cohesión social alrededor de la pesca artesanal. Sin embargo, en la última década, esta realidad ha comenzado a transformarse de manera acelerada y preocupante. El avance del mar no es gradual ni imperceptible: ha engullido casas enteras, sembradíos y espacios donde jugaban los niños, dejando únicamente arena y agua en su avance implacable.
Los datos científicos confirman lo que los residentes ya viven en carne propia. Según Climate Central, una organización especializada en análisis de cambio climático, Ecuador fue incluido en su mapa de aumento del nivel del mar hace más de una década. Las proyecciones indican que para 2050, la línea base del mar se elevará entre 17 y 18 centímetros a lo largo de la costa ecuatoriana, siendo Canchimalero clasificado como territorio altamente vulnerable a inundaciones. A nivel global, las Naciones Unidas reveló que el aumento del nivel del mar alcanzó un máximo histórico: pasó de 2,1 milímetros anuales entre 1993 y 2022, a 4,7 milímetros entre 2015 y 2024.
Este fenómeno responde a dos mecanismos principales relacionados con el cambio climático: la expansión térmica del agua oceánica conforme se calienta, y el derretimiento acelerado de casquetes polares y glaciares. A esto se suma la influencia estacional de fenómenos como El Niño, que ya está en desarrollo y provoca calentamiento adicional del océano y aumento de precipitaciones. De hecho, Eloy Alfaro, el cantón al que pertenece Canchimalero, fue declarado en emergencia por el desbordamiento de ríos como el Pambil, Cayapas y Onzole, vinculados precisamente a estas lluvias anómalas.
Las historias de sus habitantes testimonian pérdidas cotidianas y desesperación contenida. Segundo Benítez, de 58 años, ya perdió una casa y ve cómo la actual se desmorona día a día. Cada madrugada se levanta a las tres de la mañana para extraer sedimentos que el agua arrastra hacia su vivienda. Invirtió 4.000 dólares en construirla, cifra equivalente a más de 200 salidas de pesca de langostinos, su principal fuente de ingresos. Johny Monrroy, de 57 años, perdió completamente su hogar durante una marejada nocturna y actualmente vive en un refugio improvisado en lo que fue una escuela, ganando apenas 40 dólares semanales como pescador artesanal, cinco veces menos que en épocas anteriores.
La situación se agrava por factores adicionales que erosionan la viabilidad económica de la comunidad. El incremento de la temperatura marina ha provocado la proliferación de la jaiba mora, un crustáceo que daña las redes de pesca y que aparece precisamente por el calentamiento del agua. Además, los recursos pesqueros se han reducido significativamente, obligando a muchos pescadores a abandonar su oficio ancestral. El presidente de la comuna, José Ángel Olmedo, calcula que se han perdido alrededor de 20 casas y aproximadamente 120 metros de terreno que antes servía para viviendas y actividades productivas está bajo el agua.
Ante la crisis, la comunidad ha solicitado a las autoridades la construcción de un muro de contención, pero expertos señalan que esta solución presenta limitaciones críticas. Según la Prefectura de Esmeraldas, tales obras ascienden al millón de dólares y enfrentarían dificultades logísticas graves en la zona. Más importante aún, el muro sería apenas una medida paliativa que podría generar nuevos problemas: agua estancada, salinización de acuíferos de agua dulce, contaminación por rebalse de pozos sépticos y proliferación de mosquitos, derivando en crisis de salud pública.
Los especialistas consultados coinciden en que la verdadera solución radica en la resiliencia comunitaria y medidas de adaptación integral. Esto implica que la propia comunidad desarrolle planes de escape, identifique embarcaciones seguras y se prepare para eventuales evacuaciones. Sin embargo, proteger Canchimalero no es solo cuestión técnica: significa preservar una forma de vida ancestral construida a lo largo de generaciones, incluyendo sus fiestas tradicionales como la de San Martín de Porres, la música, los rituales como el cántico de arrullos y los vínculos comunitarios que la definen. Si el avance del mar continúa sin intervención, no solo desaparecerán viviendas: se perderá lentamente una manera de vivir profundamente enraizada en la identidad de sus habitantes.

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#cambio climático#erosión costal#esmeraldas#pesca artesanal

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