En una pequeña institución educativa de Cuenca se está implementando una experiencia pedagógica que integra el kichwa como parte del currículum regular. Los estudiantes combinan el aprendizaje de la lengua originaria con la enseñanza tradicional del español e inglés, demostrando que no existe contradicción entre fortalecer las raíces culturales y prepararse para un contexto globalizado.
Esta iniciativa cuestiona la idea de que la modernización implica necesariamente abandonar los saberes ancestrales. Al contrario, propone que los niños pueden apropiarse de múltiples formas de nombrar y comprender el mundo, incluyendo aquellas que pertenecen a la herencia lingüística de sus comunidades.
La experiencia representa una apuesta por mantener viva la lengua kichwa en nuevas generaciones, reconociendo su valor cultural e identitario. Al sembrarse en espacios académicos formales, esta lengua amplía sus posibilidades de transmisión y uso más allá de contextos familiares.
El proyecto evidencia que es posible diseñar propuestas educativas inclusivas que respeten la diversidad lingüística del país sin sacrificar la calidad en el aprendizaje de otros idiomas. Se trata, en esencia, de enriquecer las herramientas comunicativas con las que los estudiantes se relacionan con su entorno.
